
La extensión de 2 mil kilómetros cuadrados que abarca la franja occidental de Etiopía hasta el cabo nororiental de Somalia, en África, no ve caer una lluvia decente desde la primavera de 2008. Dos y medio años ininterrumpidos de calor asfixiante sobre la zona conocida como el “cuerno de África” (por su curiosa forma en los mapas), lugar de residencia de 100 millones de personas cuya única forma conocida de subsistencia en la agricultura y la cría de ganado, dos actividades basadas fundamentalmente en que el cielo de cargue de agua de vez en cuando.
La mayor sequía de la que el continente negro tenga memoria desde 1950 no comenzó a tener consecuencias trágicas para los países afectados –Etiopía, Somalia, Eritrea y Yibuti, parte de Uganda y la región austral de Kenia- hasta hace unos cinco meses, cuando las reservas alimentarias de los gobiernos y las modestas bodegas familiares se agotaron definitivamente. Con la ausencia de lluvias y el escaso abastecimiento, el precio promedio de las semillas subió más de un 270%, absolutamente impagable para una población dividida entre la pobreza, y la extrema pobreza (70 millones).
Para apalear la crisis, los países del cuerno acordaron el 28 de junio un plan de lucha contra el hambre en la zona con más de 170 medidas, entre las que se incluían la reforestación o recuperación de la cubierta vegetal, la provisión de servicios veterinarios para los pastores nómadas que dependen exclusivamente de su ganado y la creación de microempresas, entre muchas otras.
Sin embargo, la buena voluntad comenzó a chocar próntamente con la realidad social y la ausencia de fondos internos y externos para llevar a cabo el plan. En cuanto a éstos últimos, la compleja situación política de algunos países afectados (en especial Somalia), y la permanente presencia de milicias radicales islámicas impedían el paso de los recursos humanos y materiales extranjeros, asociados a ONG como InspirAction y Oxfam, por razones puramente ideológicas. Ya para julio, incluso las arcas de éstas organizaciones no eran suficientes para darle de comer a los millones y millones de niños, mujeres y adultos que cada semana pasaban a considerarse “en situación de riesgo humanitario”.
Hoy, de acuerdo a datos de la ONU, la sequía ha afectado a 3,2 millones de personas en Kenia, 2,6 millones en Somalia, 3,2 millones en Etiopía y 117.000 en Yibuti. De todas las tragedias que esta situación arroja, la desnutrición infantil es particularmente la más importante. Las tasas de mortalidad en las regiones más afectadas son más del doble del umbral de emergencia del 15%, y se espera que aumente con el paso de los días.
Soluciones reales
Con el paso de los meses, y ante la ausencia de respuestas por parte de las autoridades locales y organismos internacionales, sequía provocó el desplazamiento masivo de las poblaciones. De acuerdo con cifras del Alto comisionado para los Refugiados (ACNUR) publicado en julio, unos 20.000 somalíes que huyeron de la sequía y la violencia han ido llegando durante las dos últimas semanas al campamento de Dadaab, el más al noroeste de Kenia.
El éxodo masivo de habitantes, paradójicamente, produjo la primera buena noticia para el cuerno desde que comenzara la crisis. Preocupados por la imagen que la partida de miles de coterráneos a lo largo de la frontera podía proyectar en el resto del país, los “señores de la guerra” somalíes (clanes y grupos étnicos dedicados al narcotráfico y con gran poder en la región), abrieron su cerrojo fronterizo y permitieron el ingreso de ayuda internacional.
Con la llegada de más ayuda, y una comunidad internacional atenta al desarrollo de los acontecimientos, la crisis humanitaria más grande de la que tenga memoria África – y ciertamente el siglo XXI- al menos ha variado de un desastre seguro, a una tragedia incierta. Tal vez el mundo ha llegado demasiado tarde a notar la crisis, tal vez no. De la velocidad con que se alimenten los estómagos hambrientos, y la pronta recuperación económica, social y política de los países involucrados, dependerá el futuro del cuerno. Y de que por fin vuelva la lluvia.